La corrección política es una plaga. Muta. Es resistente a los antibióticos y actúa como transformer. Cambia de forma, de color, se cuela en tu normalidad, acecha en las sombras y cuando bajas la guardia: Zaz! Te acusa ofendida por cualquier cosa.
Hace un par de semanas, al terminar la sorpresiva-gran-serie Chernobyl, una tuitera se quejaba de la poca presencia de actores afroamericanos en la misma, sin importarle mucho que en Ucrania, no solo en los ochenta sino en cualquier época, un afroamericano puede ser tan extraño como un accidente nuclear: ha habido algunos en 2.000 años, pero poco más.
Eso es lo que yo llamo una mutación nociva con torpe amplificación de la corrección política.
Pero la última generación de la “justicia” mal entendida y, en mi muy personal opinión, una soberana estupidez, es el concepto, cada vez más en uso, de la “apropiación cultural”.
¿Que de qué va? De que alguien decidió que la adopción o uso de elementos culturales de un grupo social cualquiera por parte de personas de otro grupo social era dañino, indebido e incluso una violación de los derechos de propiedad intelectual de la cultura “creadora” del elemento en cuestión.
El tono “progre” se ha acentuado al acusar a algunas “élites” de apropiarse de manifestaciones culturales de “grupos originarios” o populares.
En cristiano: Si Carolina Herrera se “inspira” en tejidos de grupos indígenas mexicanos para un vestido de su última colección, está “expoliando” a los pobres artesanos, sin reconocerles la autoría de “equis” combinación de colores en una tela o “ye” bordado sobre tonos oscuros, abusando de ellos y explotándolos como una vil conquistadora pero de alta costura.
Y cobrando, además, miles de dólares sin darles ni una partecita a los “creadores originales”. Una delincuente, pues.
Haciendo una pequeña investigación en internet para no meter la pata en este escrito, encontré otro escándalo reciente porque una cantante, creo que mexicana, tuvo la desvergüenza de ponerse trenzas en la cabeza sin ser afroamericana.
Esto ya es otro nivel, que es donde todo este asunto que debería dar risa y mucha, se vuelve oscuro y tenebroso. El escrutinio constante en las redes y toda esta corrección distorsionada está volviéndose una nueva inquisición en pleno siglo XXI. Porque basándonos en el caso de la cantante mexicana, podríamos hacer un escándalo por cada Beyoncé que decide alisarse el cabello, apropiándose de un rasgo claramente propiedad de las personas de raza blanca y amarilla. Y por ahí el camino es largo y pedregoso.
Todo es cultura. Y muchísimos teóricos de la creatividad parten del principio de que original, original, ya no hay prácticamente nada. Todo proceso creativo toma elementos existentes y los reordena o reinterpreta para crear lo nuevo. Un bordado indígena apenas se incorpora en una pieza de alta costura de Carolina Herrera, deja de ser lo que era y junto con el vestido se convierte en otra cosa. Nueva. Si un pintor emula los bajorrelieves maya no está robando a los maya. NO. Está usando un elemento cultural perteneciente a la raza humana, y por ende a él, y lo está reinterpretando.
No quiero herir a nadie pero quien paga cifras enormes por un vestido de Carolina Herrera con un bordado parecido al de una etnia mexicana, jamás pagaría lo mismo por el bordado original creado por el artesano. Paga por la transformación que significa que el bordado esté en el vestido de CH. Y a la inversa no funcionaría. ¿O sí? Habría que intentarlo. Tal vez me sorprenda y los artesanos se suman un éxito apropiándose de elementos del trabajo de Carolina.
Porque si ahondamos en el tema tendríamos que pedirle permiso y pagarle regalías al pavo real que usó de modelo para el bordado el artesano. Y al árbol y al pajarito. El artesano no se inventó el pavo real o el pajarito. Se está lucrando con la imagen del pavo real y el pajarito sin siquiera avisarles. Así que “vamo a calmarno” (con el perdón del que inventó el meme, porque me lo estoy apropiando) y démosle un respiro a la vida y a la creatividad.

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