Tengo 46 años encima. De manera que tuve ocho años en 1977. Supongamos que en ese año, en el colegio, tuve un examen de Castellano y contestando una pregunta puse una palabra inexistente. Un error. Pero resulta que ese error me salió con poesía. Al menos para la inteligente profesora que tengo. Y ella duda, porque tendría que tachar esa palabra como un error, pero el error es una palabra linda, poética y no tiene la sangre fría para hacerlo. Y como ya dijimos que es inteligente, termina convirtiendo el error en una aventura. Me habla diciendo que esa palabra no existe pero que a ella le gusta mucho. Así que me propone que le escribamos a la academia de la lengua para contarles la historia y para saber si esa palabra puede sumarse al idioma, porque es realmente linda. Y lo habla con el salón completo. Así que todos están pendientes de la carta y luego de la respuesta a esa carta y en definitiva, habría tenido yo las clases de castellano más entretenidas del Universo.

Imaginemos, además, ya que estamos en esto, que la academia de la lengua nos contestara. Y no solo nos felicitara porque la palabra que inventamos está bien construida y es hermosa, sino que nos dijera que podría perfectamente ser una palabra del castellano. Pero hay un problema: Las palabras no se decretan. No hay un señor que las aprueba y entonces entran al idioma, sino que es el uso de la palabra, por miles de personas y luego millones lo que las hace existir y pasar a formar parte del idioma.

Si esto me hubiese pasado a mí, hasta aquí llegaría el cuento. Porque no habría forma de que nadie, salvo mi familia, las familias de los niños del salón, la maestra y muy pocos más se enterasen de esta historia en 1977. Los medios para dar a conocer esta aventura eran limitados y su acceso restringido en ese momento. Para que un periódico o un canal de TV en 1977 le prestase atención y le diera espacio a una noticia no bastaba con una respuesta de la academia. Lo mínimo que habría tenido que pasar es que el salón en pleno asesinara a la maestra, dejándole en el pecho la carta de la academia.

Afortunadamente esto nunca me pasó a mí, sino a Matteo, un niño italiano, sí de ocho años, pero hace un par de semanas y no en 1977. Es por eso que la historia continúa.

Porque la maestra inteligente, que se llama Margherita, luego de recibir la respuesta de la Crusca (la academia de lengua italiana), decide recurrir a las redes sociales para contarle la historia a la gente y decirles que si les gusta la palabra (que es “petaloso” como quien habla de algo con muchos pétalos) pues la usen y así poder sumarla al idioma italiano.

Ese es el poder que no tenía yo, ni nadie, en 1977. Pero es el poder que tienes en tus manos tú hoy, para contar tus historias y que lleguen a cualquier rincón del mundo

Bastó y sobró para empezaran a rodar post, imágenes, memes y tweets utilizando la palabra “petaloso” por miles. Para que la tierna historia rodara de boca en boca, de timeline en timeline, hasta que los medios se interesaron y la esparcieron más por el planeta y el lunes yo la leyera en un reportaje de la BBC (http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160224_petaloso_palabra_invento_all).

Ese es el poder que no tenía yo, ni nadie, en 1977. Pero es el poder que tienes en tus manos tú hoy, para contar tus historias y que lleguen a cualquier rincón del mundo. Te reto a que, además de mascotas-cachorro y burlas repetidas hasta la náusea, decidas qué palabra quieres aportar a los diccionarios de la historia.