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40 años de la pesadilla de Halloween: Michael Myers regresa por última vez

Durante buena parte de su historia, el cine de terror dedicó su atención a las relaciones de poder y al miedo subvertido...

Written by Aglaia Berlutti · 13 min read >

Durante buena parte de su historia, el cine de terror dedicó su atención a las relaciones de poder y al miedo subvertido en una forma de dominación. Desde los primeros monstruos que atravesaban poblados para matar con las garras extendidas hasta los asesinos escondidos entre las sombras, la figura del mal subvertido en impulsos y deseos llevó a la pantalla grande un viejo tópico de la literatura: el de la tentación y el impulso homicida, rodeado por algo más duro de asimilar. La factoría Hammer, fue la primera en construir toda una industria basada en las viejas historias reconvertidas para un público ávido de emociones intensas y que encontraba placer en el miedo. Sus series de Drácula y otros monstruos terroríficos, iluminaron la pantalla hasta crear un lenguaje propio sobre lo que el miedo podía ser — y como podía concebirse — a través del vehículo extraordinario del cine. Después llegaron obras más elaboradas y concienzudas, concebidas para llevar al miedo a un nuevo terreno y una versión consistente sobre esa latente brutalidad intrínsecamente relacionada con el pensamiento del hombre en cualquier época. De nuevo, la víctima propiciatoria era una mujer joven, hermosa y físicamente atractiva, mientras que la sobreviviente, era el rostro vivo de la inocencia. Entre ambas cosas — y sus infinitas graduaciones — una moralidad atípica subvierte el orden de los cánones de terror en algo más esquemático. En una versión de la realidad convertida en una idea más elaborada y compleja.

Claro está, con el correr de las décadas, la fórmula de la joven tentadora sometida al deseo del asesino de turno, terminó por erosionar la raíz central de su planteamiento. Después de todo, la figura femenina atravesó una reinvención inédita a partir de la década de 1960, que culminó en una ruptura de paradigma que tuvo todo tipo de implicaciones. La víctima — pasiva, aterrorizada y la mayoría de las veces sujeta al brazo de su salvador — evolucionó hacia una mujer que podía salvar su vida gracias a su astucia y también, el suficiente valor para luchar contra el riesgo. Pero de nuevo, lo arquetípico pareció imponerse: The Final Girl continuaba encarnando a las virtudes de la virgen canóniga de mitologías mucho más antiguas. La inocencia triunfando sobre la violencia. La castidad sobre la impunidad sexual. De pronto, la figura femenina podía enfrentarse al asesino — y lo hacía — pero sólo mientras pudiera conservar cierto acento virtuoso. La chica final — la sobreviviente — se transformó en emblema de todo tipo de prejuicios y también, de cierto mirada paternalista y condescendiente sobre la mujer.

En el año 1978, el director John Carpenter se atrevería a ir más allá y reconstruyó el género con “Halloween”, en donde la violencia continuaba siendo la principal protagonista, pero también, la forma en que la chica sobreviviente podía batallar contra sus implicaciones. Laurie Strode — encarnada por una jovencísima Jamie Lee Curtis — no sólo logra sobrevivir a la cadena de asesinatos, sino que encarna además a un nuevo tipo de heroína en ciernes que brindó sentido a toda una nueva generación de películas de terror. Con su mínimo presupuesto y su propuesta extravagante, “Halloween” encontró una forma de nuclear la fórmula del horror tradicional con algo más sustancioso. Laurie es una víctima propiciatoria al uso pero en realidad, no está dispuesta a permitir que el enmascarado Michael Myers la asesine. Su fortaleza reside en el miedo y sus intentos por sobrevivir son mucho más articulados que intuitivos, lo que permite al personaje convertirse en una contrincante real para el asesino. Al final, Carpenter es una mirada insistente y dura contra la versión de la mujer en peligro y sometida a la violencia, sin posibilidades de lucha.

En 1980, el director Sean S. Cunningham llevó la fórmula a una nueva dimensión, con su ya clásica “Friday the 13th” en la que Alice Hardy (Adrienne King), logra vencer finalmente a la temible Pamela Voorhees (Betsy Palmer) en medio de una larga sucesión de asesinatos violentos que dieron origen a la saga de Slasher más duradera y reconocida del cine. La película, que no sólo subvierte el género — el asesino es en esta ocasión una madre enfurecida y violenta que se enfrenta a la chica Virginal armada de un machete y un hacha — definió los esquemas que posteriormente, se repetirían hasta el cansancio o mejor dicho, hasta la simple extenuación de la percepción sobre la víctima y su permanencia. No sólo se trata del hecho que la exitosa fórmula de Cunningham fue repetida y reinventada al menos en un centenar de ocasiones con mayor o menor éxito, sino que la percepción de la mujer que sufre y al final triunfa en medio de una tragedia insólita, dejó de ser atrayente.

El director Wes Craven parecía saberlo y en 1984, elaboró de terror con “Nightmare on Elm Street”. Se trató de una combinación poco usual entre lo sobrenatural y el género slasher (emparentado, aunque no necesariamente vinculado entre sí) que devolvió el poder de lucha a su chica sobreviviente Nancy Thompson (Heather Langenkamp), que no sólo debe enfrentar los temores y asedios de un asesino inexplicable, sino, además, todos los clichés del género. Pero Nancy se sobrepone a la naturaleza de su personaje y además de gritar por salvar su vida, logra comprender la mecánica retorcida que es el motor esencial de la película. Con su extraña combinación de dolor y miedo, La Nancy Thompson de Wes Craven vinculó por primera vez a la chica que sobrevive con algo más denso y profundo que un mero accidente circunstancial. De la misma manera que Laurie Stroud, ambas logran conservar la vida gracias a tu inteligencia y su capacidad para comprender la amenaza que pende sobre ellas, una circunstancia que pone de relieve un nuevo tipo de poder y control hasta entonces inédito en el género.

En 1987, Clive Barker dirigió la que estaba destinada a convertirse en su obra más reconocida: Hellraiser llegó a las pantallas de cine mostrando los horrores del infierno con un tipo de sofisticación que cautivó de inmediato a los amantes del género. Baker innovó en su mirada a sus personajes femeninos: la pérfida Julia (Clare Higgins) es el centro de todo lo que acaece en el argumento, mientras que su hijastra Kirsty (Ashley Laurence) será la encargada de batallar contra las fuerzas malignas que la lujuria de Julia desató. El singular giro de tuerca ofrece una nueva versión sobre la chica sobreviviente y pondera sobre los papeles tutelares de las películas de terror. A medida que transcurre la trama, la espectacularidad del argumento y sus personajes sobrenaturales desborda cualquier otra percepción sobre el tema central, pero el acierto de Baker sigue allí: ambas mujeres representan dos extremos del mismo tema y también, una revisión al esquema canónigo de las películas de terror. Todo un logro que más tarde sería repetido en todo tipo de secuelas — de mayor o menor calidad — pero, sobre todo, en las subsiguientes imitaciones de baja calidad que la película trajo consigo.

El recorrido está completo: Halloween regresa en todo su impacto 

Se trata de una anécdota conocida y repetida hasta la saciedad y que el libro “Lo mejor del Cine de los años ‘70” de la editorial Taschen recoge en su totalidad: Cuando John Carpenter dirigió la original “Halloween”, era un virtual desconocido que no tenía mucho que ofrecer a un Hollywood que aún no capitalizaba lo suficiente el género de terror y que, de hecho, parecía más interesado en colecciones de films de la serie B sin mayor impacto en el público real. Entonces Carpenter recibió una llamada del productor ejecutivo Irwin Yablans para ofrecerle el guión de una historia en apariencia simple y repetida hasta la saciedad: Un asesino sin rostro que comienza a asesinar chicas — de preferencia niñeras — hasta saciar su sed de sangre. “La idea me pareció terrible” diría después Carpenter en una entrevista con el crítico y editor Jürgen Müller “Pero quería grabar más películas, así que dije: ‘¡Genial!’”. El resto, forma parte de la historia del cine: En 1978 Carpenter filmó la primera película de una las sagas más exitosas de la historia y consagró al slasher como algo más que cine de explotación. Con su combinación de terror, crítica social, un retorcido sentido del humor y por supuesto, una interminable colección de asesinatos extravagantes, la película se convirtió no sólo en un éxito de taquilla sino en el comienzo de un largo legado del subgénero que perdura hasta la actualidad.

A cuarenta años de su estreno, “Halloween” regresa convertida en objeto de culto y también, con todo el peso de una extraña historia fílmica(…)

A cuarenta años de su estreno, “Halloween” regresa convertida en objeto de culto y también, con todo el peso de una extraña historia fílmica: la película tiene más de dieciséis versiones y secuelas, lo que convierte regresar al origen de la historia en un camino repleto de obstáculos. La mayoría de las películas asociadas a la franquicia no sólo son de ínfima calidad, sino también, enrarecidas por una aparente incapacidad para revitalizar la idea original de Carpenter. Pero el director David Gordon Green lo intenta y logra no sólo una película con identidad propia sino algo mucho más sensorial y potente: Una versión de “Halloween” que responde a la pasión de su extensa fanaticada por la historia. El argumento de la película — que ignora de manera intencional la mayoría de las secuelas y decide volver al punto de partida de Michael Myers convertido en una especie de leyenda Urbana — se centra en Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), la única sobreviviente de la primera masacre, en la ya mítica “Halloween” de 1978. Para Strode el tiempo no transcurre en vano y en apariencia, tampoco las terribles experiencias que tuvo que soportar: el personaje regresa como una abuela traumatizada por un pasado terrorífico, pero también, armada y decidida a matar al asesino, esta vez de manera definitiva. La chica sobreviviente deja a un lado los terrores y dolores — y su bidimensionalidad — para transformarse en algo mucho más emblemático y competente. La Strode de Gordon Green está preparada para luchar y lo hace desde una seguridad analítica que transfiere el peso y el poder de la historia a su pasado, en especial a la herida emocional y física que su lucha por sobrevivir dejó en el personaje. Strode ya no es sólo una mujer afligida, sino un personaje convencido de su poder y de la necesidad de retomarlo como una noción inusitada sobre su vida. Para Gordon Green, Stroud es la superviviente en estado puro: una mujer que necesitó construir una versión de la realidad en la que pudiera asumir el peso de los dolores y convertirlos en cólera y control.

El planteamiento no es novedoso y ha sido tocado con mayor o menor éxito en otras sagas y género: Linda Hamilton representó a la maternidad escindida y sobreviviente en las dos primeras películas de la franquicia “Terminator” y Sigourney Weaver lleva casi tres décadas enfrentándose al rostro inhumano e inexplicable de la figura de un monstruo alienígena. Hay un alto contenido simbólico en ambos personajes: La Sarah Connor de Hamilton desea salvar al mundo y a su hijo (futuro líder de una distante resistencia al dominio de las máquinas) y transforma su amor maternal en algo complicado, duro y casi inverosímil. Entrenada hasta el límite, desprovista de cualquier atributo femenino y tan fuerte como para avasallar a cualquier enemigo, el personaje de Cameron está dispuesto a enfrentarse a sus propios temores para consolar la noción sobre el miedo que la aplasta. Otro tanto ocurre con Ellen Ripley, que debe sobrevivir a un asesino perfecto e inhumano que ni siquiera comprende del todo. Además, el personaje de Ripley es la alegoría inmediata de la sexualidad reprimida y castigada que suele encontrarse en las películas de terror: La criatura creada por Giger es toda una metáfora al poder fálico, desde su inconfundible apariencia hasta la manera en que ataca a Ripley, indefensa por momentos y después, enfurecida por la violencia en su contra. Entre ambos extremos, la figura femenina lidia no sólo contra el peligro sino contra la idea subyacente del canon restringido de las mujeres en las películas de género. Tanto Connor como Ripley evolucionan y maduran, hasta convertir la noción del miedo en algo mucho más poderoso y letal.

David Gordon Green y el el co-escritor Danny McBride lo logran a medias la misma percepción sobre Laurie Strode: La historia analiza la vida del personaje como puente y vínculo narrativo único con la versión original y además, utiliza un ingenioso punto de vista que ofrece una nueva mirada sobre la tradicional final girl: la víctima ya no es una chica aterrorizada, sino una mujer que se ha preparado la mayor parte de su vida para enfrentarse al asesino que instintivamente, sabe regresará antes o después, para poner punto a la antigua carnicería. Curtis encarna a Stroud con una dureza que asombra por su simbolismo — el dolor y el miedo convertido en furia — y también la convicción, que la película es una reformulación del viejo mito de la víctima que huye de una amenaza indetenible. La combinación logra crear una noción sobre el paso del tiempo — y sus implicaciones — que pocas veces se analiza en películas del género. Gordon Green se toma en serio la naturaleza casi icónica del producto que tiene entre las manos, de modo que las primeras tomas no muestran al rostro desenmascarado de Myers sino una serie de sombras más o menos reconocibles. El director utiliza al asesino como un tótem del terror y, de hecho, los primeros minutos de tensión elaboran el ritmo entero de la película: Myers se encuentra en plena forma y con un único objetivo en mente que llevará a cabo a no tardar.

Es entonces cuando el verdadero núcleo de la película queda revelado: Strode se preparó durante casi cuarenta años para el inevitable encuentro y el trauma se resumió en un metódico entrenamiento para enfrentar a Myers como un espectro del pasado, renacido en puro odio obsesivo. El personaje, además, recibe una considerable dosis de sustancia y tridimensionalidad. Strode lleva a cuestas la furia como una cicatriz que no llega a sanar y su vida parece resumirse en una colección de pequeñas derrotas en busca de una conclusión al evento central de su vida: esa capacidad para sobrevivir que nunca supo muy bien como sobrellevar y que ahora convierte en un arma. Con tres generaciones de mujeres Stroud a la cabeza y un Michael Myers en más amenazante que nunca, la fórmula parece inevitable: una batalla sangrienta entre el miedo y el furor asesino parece haber llegado a su final. Por ahora.

¿Quién es Laurie Strode, madre y abuela, víctima y sobreviviente? tal vez la conclusión de una larga travesía de la figura femenina en el cine de género mucho más poderosa y, sobre todo, valiosa de lo que hasta ha sido. Por supuesto, es inevitable preguntarse si el auge de movimiento cómo #MeToo y otros no son la causa de esta reinvención de la chica que grita en algo más profundo y temerario. Pero cualquiera sea la causa, las consecuencias son claras. La víctima ha recuperado su poder y al hacerlo, también su capacidad para batallar. Una forma de sostener una visión renovada sobre la supervivencia.

Halloween Kills, el otro es el monstruo 

En una de las escenas de Halloween Kills de David Gordon Green, Laurie de Jamie Lee Curtis se mira detenidamente al espejo. Hay una escena semejante en la original Halloween de John Carpenter y el paralelismo es inevitable. Pero más allá de eso, es la forma en que el director establece un hilo conductor entre ambos personajes.

La mujer que sobrevivió contra todo pronóstico a un brutal asesino y la que está a punto de enfrentarlo de nuevo, comparten un impulso. Y no sólo algo tan claro como el de la supervivencia. Laurie, casi cincuenta años después de su primera aparición en el cine, está dispuesta a arrasar con el mal de una vez por todas.

Pero Michael Myers, convertido en un monstruo que supera toda versión suya anterior (incluso las más fantasiosas) llega a Halloween Kills como un símbolo. De la violencia, del mal, de la brutalidad, del miedo. Pero sobre todo, de la capacidad de una historia para reinventarse con un poder por completo nuevo.

Con reminiscencias a los puntos más inspirados de la versión del personaje imaginada por Rob Zombie, Halloween Kills aglutina todos los elementos de la franquicia. Los lleva a otra nueva dimensión y esta vez, da rienda suelta al sentido de la maldad como propósito. Michael Myers regresa de la muerte (por enésima vez), pero también tiene un objetivo.

Si algo se agradece de Halloween Kills, es la sensación que la historia se abre para abarcar todos los elementos de su largo trayecto por el cine. No sólo se trata de una Laurie llena de furia, transformada y renacida desde el trauma a la ira. También, de su familia, los viejos recuerdos, el pueblo entero reconstruido como una fortaleza.

Con una relación más que evidente con la película original del 78, Halloween Kills logra crear un sentido del legado. Y no uno basado en la odisea privada de las víctimas de Myers, como en el film del 2018. En esta ocasión la mitología siniestra creada por Cameron alcanza un nuevo nivel y una extensión desconcertante. Una mirada a los terrores que ahora sí, se ensancha para convertir la lucha contra el asesino en una cacería implacable.

Halloween Kills, los monstruos vienen por nosotros

La película del ’78 estaba basada en la noción de la destrucción de la privacidad. Halloween Kills hace hincapié en el horror que devasta lo cotidiano. Michael Myers ya no es un secreto, tampoco una historia en medio de archivos polvorientos. Es una criatura pérfida y monumental que David Gordon Green lleva a un nivel inquietante y a la que dota finalmente, de personalidad.

Si algo se lamentaba de las grandes resurrecciones de Michael Myers en la pantalla grande, era su alineación con otros íconos del slasher. Convertido en una máquina imparable de asesinatos extravagantes, su crueldad parecía supeditada a un método único. O mejor dicho, a un instinto salvaje sin el menor sentido real. Matar por matar puede ser una fórmula sencilla para un slasher con vínculos históricos no del todo claros. Después de todo Halloween — como concepto — ha cruzado todas las fronteras. Desde lo sobrenatural, lo extraño, lo mágico y lo siniestro en estado puro.

Pero en esta ocasión, el guion de David Gordon Green, Danny McBride y Scott Teems equipara las cargas para crear una mirada novedosa al mito. Desde la decisión de comenzar exactamente en el mismo punto en que culminó la anterior, hasta la reorganización del poder. La película está decidida a crear un ámbito del miedo que evade explicaciones sencillas. Ya no se trata de la herencia de las mujeres Strode, de nuevo interpretadas por Karen (Judy Greer) y su nieta, Allyson (Andi Matichak). Tampoco de una grieta en la normalidad a la que atraviesa un asesinato violento. El hecho que el pueblo de Haddonfield se enfrente con una furia asesina equiparable a la del asesino, es toda una novedad.

Finalmente, todos los residentes deciden enfrentarse a su peor espectro, en toda una declaración de intenciones. Halloween Kills encuentra sus mejores momentos cuando el ritmo de la película convierte a los habitantes del pueblo en una horda sedienta de sangre. ¿Qué los motiva? En realidad, la gran pregunta es hacia dónde conduce esa cólera de décadas, esta furiosa persistencia sobre un pasado tenebroso. Para Michael Myers, que siempre obró desde las sombras, convertirse en el objetivo es otro panorama. Uno que convertirá al monstruo en una astuta criatura capaz de consumir el miedo por el miedo. Atrás quedó la búsqueda de significado de la brutal necesidad de matanza del depredador. Ahora, todos son depredadores.

La pesadilla de cuarenta años acaba esta noche: Halloween Kills como epílogo

Uno de los mejores puntos de Halloween Kills, es esa noción del mal compartido. No se trata solo de la cacería de Michael Myers, sino de quien la lleva a cabo. Mientras Laurie trata de recuperarse de las heridas de su encuentro con el asesino, el pueblo entero se enciende en cólera. Y son Tommy Doyle (Anthony Michael Hall), Lindsey Wallace (Kyle Richards), Marion Chambers (Nancy Stephens) y Lonnie Elam (Robert Longstreet) los que toman el testigo.

Convertida la película en una mirada sustanciosa al hecho de los grandes secretos y la envergadura del odio, David Gordon Green toma una decisión brillante. En lugar de crear una especie de persecución a ciegas, Halloween Kills elabora un tejido sobre la mentalidad de colmena desde un punto de vista maligno. Para su último tramo, el film dejó claro que lo que alimenta la necesidad de matar de Myers es la misma vacuidad de la venganza. Es la percepción sustancial de algo más regresivo y potente. Enfrentados el odio de los cientos de secretos que se guardan y los traumas que hieren a la mirada del miedo, la película crea su propia mitología.

El mal acabará en una noche sangrienta. Pero ¿cuál de ellos será el punto que culmine un trayecto a las tinieblas? David Gordon Green no lo dice ni tampoco lo plantea. Pero la película, en toda su gloria pendenciera y brutal, lo deja claro. Hay un horror que espera en las sombras y esta vez, no sólo lleva el rostro de un asesino enmascarado.

Written by Aglaia Berlutti
Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México. Profile

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