Lo mejor del cine viene en frasco pequeño.

Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson es una versión íntima, extraña y burlona sobre Hollywood. También, un recorrido de una nostalgia extrañamente perversa a través de los recuerdos de una década singular.

Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson es una versión íntima, extraña y burlona sobre Hollywood. También, un recorrido de una nostalgia extrañamente perversa a través de los recuerdos de una década singular. Todo, rodeado de referencias pop y una peculiar mirada al mundo tras bastidores del espectáculo, la ambición y una codicia casi inocente. Para Anderson, el cine es su reverso oscuro y su nueva película, lo cuenta en una historia ambigua de enorme inteligencia. 

El 2021 ha sido un escenario atípico para proyectos cinematográficos personalísimos. En especial, los que parecen subvertir el orden de lo que el cine puede ofrecer y mostrar. Mientras los grandes estudios intentaron atraer el público a las salas con producciones extraordinarias y la mayoría de las veces, basadas en el poder para arrasar en taquilla, al otro lado del espectro, los mejores directores dedicaron tiempo y esfuerzo en crear una versión íntima del cine que sostiene su cualidad como hecho artístico. Uno de los ejemplos más evidentes, es Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson, un film que convierte al cine independiente en nostalgia maliciosa. El director, cuyo lenguaje se depuró durante la última década hasta alcanzar un nivel nihilista, en esta ocasión muestra lo autobiográfico desde una crueldad burlona.

El film es una trampa bien construida en la que convergen varias cosas a la vez. Por un lado, una especie de versión de Hollywood llena de una perversa conciencia sobre su reverso oscuro. No hay nada de melancolía o búsqueda de recrear fantasías masivas en este argumento lleno de desvíos inesperados, símbolos y puntos de vista. El Hollywood de Anderson es un conjunto de juegos peligrosos, de negociaciones en voz baja, de rápidas interpretaciones desagradables.

Por el otro, la concepción de la identidad como trozos de información que se completan a través de las relaciones, el amor y el desencanto. Es ese ángulo de la historia, lo que permite a Licorice Pizza mostrar su brillante perspectiva de la comedia. Y al director, su habilidad para enhebrar con hilo fino una historia extraña que, en manos menos hábiles, podría haber sucumbido a la necesidad del relato homenaje o a la simplicidad de lo burlón evidente. Anderson, que ha contado en pantalla argumentos inverosímiles, dolorosos y temibles, esta vez narra lo más cercano en su filmografía a una vivencia personal. Y lo hace desde una insatisfacción adolescente casi inocente.

Licorice Pizza es una película que subvierte un año de películas lineales, fáciles de consumir y sencillas de asimilar. Anderson se esforzó por crear un film con un ritmo trepidante que se sostiene en diálogos brillantes y la sensación perenne de un presente perpetuo. Ambientada en los años sesenta, la mayor parte de Licorice Pizza ocurre entre discusiones en voz alta, caminatas, conversaciones telefónicas. Todo es urgente, puntual, necesario, físico, dinámico. El film se nutre de la necesidad de convertir la nostalgia en preguntas no respondidas y estratos complicados para asimilar la identidad.

Por si eso no fuera suficiente, Anderson tiene un elenco que logra crear la tensión necesaria para un argumento complejo. Alana Kane y Cooper Hoffman brindan un retrato poderoso de lo juvenil, pero tan lejos del estereotipo que resulta incómodo. Ni ella ni él, son los habituales rostros que simbolizan el tránsito en edades complicadas o retratan algo más que la posibilidad de ser jóvenes. Además, son una pareja atípica que sostiene el núcleo de la película — ¿quiénes somos y por qué lo somos? — con una tortuosa tensión que no llega a resolverse del todo.

Anderson decidió mostrar a Hollywood y lo que parece una parte confusa de su vida. Y lo logra, en una película que se burla del afán de la meca del cine por sublimar su propia oscuridad. Licorice Pizza demuestra que el cine complejo y difícil de digerir sigue siendo relevante, incluso en una época en que la industria intenta hacerse más sencilla y accesible.

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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