Las tres mejores películas del año desafían todas las expectativas y demuestran el poder del cine

Lo mejor de año en el cine está lejos de la espectacularidad y recuerda que la permanencia de lo cinematográfico depende de las grandes historias.

El 2021 englobó los esfuerzos por la recuperación del cine en salas. O al menos, el primer intento de hacerlo después del parón obligatorio que ocasionó la emergencia sanitaria de la pandemia. Por supuesto, el despliegue de los estudios fue total y contó con todos los recursos a su disposición. Los grandes blockbuster regresaron a la pantalla y el género de superhéroes volvió a dejar claro su poder. Pero quizás, lo mejor de año está lejos de la espectacularidad y recuerda que la permanencia de lo cinematográfico, depende de las grandes historias. 

En una de las escenas de El poder del Perro de Jane Campion, Phil (Benedict Cumberbatch) permanece más de sesenta segundos en silencio. A su espalda, se extiende el paisaje desolado de una Nueva Zelanda ultraterrena, tan inquietante y hostil que resulta irreconocible. La expresión personaje es de una dureza aterradora, pero al fondo de su mirada hay un punto de vulnerabilidad que sostiene la secuencia con un pulso firme. 

Campion mueve la cámara con cuidado, un ligero vaivén casi invisible que brinda a ese momento en apariencia interminable, de vitalidad interna. Cuando finalmente Phil vuelve la cabeza, Campion se concentra en sus ojos, enfurecidos, brillantes por las lágrimas contenidas. La película podría resumirse en esa única imagen. En esa contenida percepción del dolor y la fragilidad de la naturaleza humana que la directora capta con tanto realismo. 

El regreso de Jane Campion al centro de interés del cine internacional, trajo consigo un fenómeno curioso. En un año en que el cine espectáculo utilizó sus mejores armas para empujar la recuperación del cine en salas, Campion tomó el riesgo de llevar a festivales y finalmente a los teatros, una película silenciosa, tensa y brillante que sorprendió por su solidez. Convertida de inmediato en la favorita de festivales y críticos, El poder del perro es un acercamiento riguroso a la naturaleza humana, a los secretos retorcidos y a la exclusión. Todo a través de grandes paisajes silenciosos, primeros planos que muestran a los personajes desde una intimidad solitaria y diálogos mínimos. Campion, veterana en dramas de alto calibre que terminan en tragedias retorcidas, encuentra en El poder del perro, un fenómeno nuevo. El del desarraigo convertido en una forma de crisis individual que de manera inexorable, conduce al horror.

Basada en el libro homónimo de Thomas Savage publicado en 1967, Campion toma para su film lo mejor de la novela y lo modula para transgredir varias ideas puntuales acerca de la masculinidad. Cambia la dinámica del poder y juega con la transgresión del estereotipo habitual sobre lo moral. El Phil de Cumberbatch es una figura atormentada, violenta y por momentos cruel, que además oculta un pasado doloroso. Ambas ideas convergen en la actuación del actor, que logra crear una cuidadosa máscara granítica, bajo la cual palpita la emoción. Pero para Campion no es suficiente. También busca crear un escenario que emule los agrestes espacios interiores de sus personajes. Lo hace además, en el escenario del western, género del que toma buena parte de los códigos y los mezcla con el horror subyacente. El resultado es un estudio formal sobre la angustia y el miedo masculino, más allá de los cánones habituales del cine y la literatura.

El poder del perro no es una película sencilla de comprender. Campion tampoco quiere que lo sea. En realidad, cuanto más críptico es el argumento, mayor poder adquiere este singular cuento de horror en clave de lucha interna y levemente fratricida. Con su aire independiente, subversivo e incluso, inclasificable, la película de la directora demuestra que en el 2021, el cine tiene sus propias pautas y lugares para expresar la inquietud interna que le rodea. 

Una mirada a los buenos recuerdos: la mejor película de Paul Thomas Anderson llegó en un año complicado

El 2021 fue también un escenario atípico para proyectos personalísimos. Si El poder del perro desafía la concepción de lo cinematográfico como espectáculo, Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson, convierte al cine independiente en pura nostalgia maliciosa. El director, cuyo lenguaje cinematográfico se depuró durante la última década a un nivel nihilista, en esta ocasión muestra lo autobiográfico desde una crueldad burlona. 

El film es una trampa bien construida en la que convergen varias cosas a la vez. Por un lado, una especie de versión de Hollywood llena de una perversa conciencia sobre su reverso oscuro. No hay nada de melancolía simple o búsqueda de recrear fantasías masivas en este argumento lleno de desvíos y juegos de escenarios, símbolos y puntos de vista. El Hollywood de Anderson es un conjunto de juegos peligrosos, de negociaciones en voz baja, de rápidas interpretaciones desagradables. 

Por el otro, la concepción de la identidad como trozos de información que se completan a través de las relaciones, el amor y el desencanto. Es ese ángulo de la historia, lo que permite a Licorice Pizza mostrar su brillante perspectiva de la comedia. Y al director, su habilidad para enhebrar con hilo fino una historia extraña que en manos menos hábiles, podría haber sucumbido a la necesidad del relato homenaje o a la simplicidad de lo burlón evidente. El director, que ha contado en pantalla argumentos inverosímiles, dolorosos y temibles, esta vez cuenta lo más cercano en su filmografía a una vivencia personal. Y lo hace desde una insatisfacción adolescente casi inocente. 

Licorice Pizza es una película que subvierte un año de películas lineales, fáciles de consumir y sencillas de asimilar. Anderson se esforzó por crear una película con un ritmo trepidante que se sostiene en diálogos brillantes y la sensación perenne de un presente perpetuo. Ambientada en los años sesenta, la mayor parte de Licorice Pizza ocurre entre conversaciones, caminatas, conversaciones telefónicos. Todo es urgente, puntual, necesario, físico, dinámico. El film se nutre de la necesidad de convertir la nostalgia en preguntas no respondidas y estratos complicados para asimilar la identidad. 

Por si eso no fuera suficiente, Anderson tiene un elenco que logra crear una tensión profunda y necesaria para un argumento complejo. Alana Kane y Cooper Hoffman brindan un retrato poderoso de lo juvenil, pero tan lejos del estereotipo que resulta incómodo. Ni ella ni él, son los habituales rostros que simbolizan el tránsito en edades complicadas o retratan algo más que la posibilidad de ser jóvenes. Además, son una pareja atípica que sostiene el núcleo de la película — ¿quienes somos y por qué lo somos? — con una tortuosa tensión que no llega a resolverse del todo. 

Anderson decidió mostrar a Hollywood y lo que parece una parte confusa de su vida. Y lo logra, en una película que se burla del afán de la meca del cine por sublimar su propia oscuridad. Licorice Pizza demuestra que el cine complejo y difícil de digerir sigue siendo relevante, incluso en una época en que la industria intenta hacerse más sencilla y accesible. 

De la mano de Dios y la mirada al asombro

También en lo que parece una sublimación de lo autobiográfico, Paolo Sorrentino cierra el año con Hand of God, una reflexión acerca del tránsito a la edad adulta y los vínculos familiares. De nuevo, con una puesta en escena de belleza asombrosa y un guion formidable, el director intenta narrar una historia que en realidad, es la capa más superficial de otras. Pero si en La gran belleza y en la serie El joven Papa la concepción sobre lo simbólico es un elemento sustancial, en Hand of God es imprescindible. 

Sorrentino cuenta la historia de su vida en un despliegue de escenas a menudo oníricas y que a primera vista, parecen rozar lo surreal. Pero el director va en una dirección distinta a solo crear un escenario deslumbrante. El film muestra los recuerdos en el orden singular en que los rememora Fabietto Schiesi (Filippo Scotti), lo que brinda una inmediata sensación de intimidad al argumento. Acompañamos al personaje a través de fragmentos de pequeñas historias personales. Pero también,en su interpretación de lo que esa belleza (esa nostalgia por lo que es y se crea), puede ser. 

Sorrentino, que ha dedicado gran parte de su filmografía al estudio atento de lo estético como herramienta subversiva, crea en The Hand of God una experiencia emocional poco común. Su personaje no sólo es el centro de todos los relatos que convergen en su memoria. También, es esa tensión entre grandes eventos que no llegan a producirse (o podrían producirse), sino que además, es una búsqueda inmediata de un sentido único a piezas desperdigadas que no llegan a encajar en un relato lineal. 

A diferencia de la buena parte del cine de este año, Sorrentino apuesta a un discurso repleto de referencias refractarias que en ocasiones, resultan incómodas. Pero como Campion y Anderson, el director apostó a que el cine es una mirada profunda a la historia que se esconde en el misterio, a la que se plantea con cuidado y que debe ser analizada con atención. En medio del auge de un cine fácil y dosificado para las grandes audiencias, las que quizás son las tres mejores películas del año, entablan un relato audaz sobre lo mínimo y lo enigmático. La mejor lección de un subversivo y extravagante 2021. 

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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