Un Oscar para unirlos a todos.

En el 2022, casi todos los premios tradicionales están bajo una severa atención pública y la entrega de los Premios de la Academia no escapa a ello.

En el 2022, casi todos los premios tradicionales están bajo una severa atención pública. El fracaso de los Globos de Oro 2022 fue un campanazo de atención sobre la cultura pop, gremios y asociaciones. En especial, porque demostró de manera fidedigna, que el poder de las opiniones y los grupos de presión espontáneos, es más fuerte y firme de lo que podría suponerse. Los SAG Awards, mostraron el mes pasado nominaciones en las que hizo hincapié en la representatividad y la inclusión.

Eso, a pesar que algunos favoritos fueron ignorados, lo que provocó comentarios acerca del hecho, que buena parte de los votantes, parecieron tomar decisiones cercanas a la experimentación. ¿El motivo? Quizás salvaguardar el premio de cualquier acusación sobre los motivos de la selección de las listas de nominaciones. Para bien o para mal, en un año signado por la interrogante del peso y el poder de la opinión pública, la alfombra de premios parece comenzar a dar un viraje en una dirección por completo nueva.

Tal vez por eso, las nominaciones de la Academia de Artes y ciencias cinematográficas, son analizadas con especial cuidado. En especial, las que agrupan las mejores películas del año. En esta ocasión, el Oscar ha realizado una selección que no sólo muestra lo mejor del año, sino que recorre desde el cine independiente hasta los grandes éxitos de taquilla. Un recorrido por la Industria que todavía se recupera de los embates del parón obligatorio de la pandemia y en especial, de la incertidumbre al futuro. 

¿Y quiénes fueron los grandes seleccionados de este año? Además de los que ya reseñamos en Revista Robot (puedes leer aquí las críticas al Método Williams, Licorice Pizza y El Poder del Perro), te dejamos una mirada al resto de las nominadas. Un análisis de un año cinematográfico variado, pero en especial, lleno de la esperanza de explorar nuevas formas de expresión visual.

Belfast de Kenneth Branagh 

En Belfast de Kenneth Branagh, la cámara sigue a sus personajes con una atención obsesiva. Está en todas partes, es un testigo y a la vez un narrador. Y sin duda, es una percepción del director sobre esa capacidad inmersiva de su historia para sostener un diálogo con lo emotivo. La película más íntima de un Branagh que abandona sus espacios habituales para recrear la ausencia, la derrota y la belleza desde un ángulo nuevo, deslumbra por su ternura. Pero también, por un trasfondo de pura dureza que se sostiene en un delicado equilibrio sobre varias percepciones a la vez de la realidad. El film aspira a contar la historia del contexto que rodea a sus personajes. Y, sin embargo, es un mosaico a gran escala de emociones y dolores. Todo sobre una cuidada puesta en escena, que además se sostiene sobre un guion preciso y brillante.

En una época en que el cine tiende a lo extraordinario, a lo asombroso y deslumbrante, Belfast basa su efectividad en la mirada maravillada de un niño. El golpe de efecto — que ya Taika Waititi utilizó con ejemplar pulso en Jojo Rabbit — se sostiene en el film de Brannagh sobre el poder de la percepción voraz. No solamente se trata de un niño asombrado con su entorno (una idea que ya sería poderosa, totémica en el hecho central de modular lo que ocurre a través de un cristal ingenuo), sino que se extiende en todas direcciones a través de algo mucho más amplio y detallado. En medio de la Irlanda de Norte herida por la violencia, con el enfrentamiento como último límite y del dolor que se expresa a través de una noción de la naturaleza humana vulnerada, la decisión del guion de asimilar la experiencia a través de la inocencia, es poderosa. Pero más que eso, es significativa.

Si Taika Waititi logró con su Jojo Rabbit profundizara en el horror del totalitarismo para encontrar una raíz del miedo más profunda y significativa, Branagh logra en Belfast la consideración de la oscuridad cultural a través de lo fortuito. Filmada en blanco y negro, la película va de un lado a otro del discurso sobre la asimilación de la realidad, a través de golpes de efecto — el director y guionista puntualiza la película a través de súbitos estallidos de color — y también, de la connotación sobre lo que en realidad ocurre, más allá del mundo infantil. La combinación de ambas cosas, logra que Belfast evada explicaciones sencillas sobre el bien y el mal, además de transitar un terreno que rara vez se narra en el cine actual: la condición de lo vulnerable como parte de un todo. Branagh describe con las secuencias vívidas del recuerdo, a la Belfast de su juventud. También, un recorrido extraordinario a través de dolores, temores y esperanzas. El conjunto termina por sostener la percepción de lo bueno y de lo malo, lo extraño y lo voluble. De modo que hay una sensación que la película cuenta dos historias en una: la del niño que trata de comprender lo que ocurre a su alrededor y el de la ciudad, el país, el mundo, contenido en su esperanza.

CODA de Sian Heder

Hay algo travieso, ingenioso y feliz en CODA: Los sonidos del silencio de la directora Sian Heder. En especial, cuando decide tomar una historia de crecimiento, superación y talento, para narrar algo más singular al trasfondo. El film, remake del francés La Familia Bélier (2014) de Éric Lartigau, es como su versión original, un truco bien armado. Desde sus primeras escenas, muestra lo que parece ser una película tributo al arte en estado puro. Hay una chica talentosa, decidida a triunfar gracias a un maestro esforzado. Una gran familia amable y dulce. Y también, la previsible línea argumental que lleva hacia el éxito temprano.

Ese escenario ha sido narrado y desmenuzado en muchas formas distintas. Tantas, como para que en sus primeros minutos CODA: Los sonidos del silencio, parezca solo otra de tantas películas idénticas. Pero a medida que avanza la trama — y lo hace con inesperada rapidez — , el film toma otro cariz. Lo hace, por medio de la percepción del talento como un puente hacia lo emocional. Y a la vez, un recorrido a través de cada uno de los vínculos que nos unen y nos separan de quienes amamos. Es entonces cuando Heder, encuentra la forma de reflexionar acerca de lo sensorial, lo íntimo y lo individual desde una óptica nueva.

Porque esta historia de una cantante con una voz radiante, también es una mirada al trasfondo de la sensibilidad moderna. Como asumimos, analizamos y percibimos las diferencias. La forma en que contemplamos el mundo a través de los infinitos matices que crean espacios desconocidos. Después de todo Rubi (Emilia Jones) es la hija de una familia de adultos sordos.

Excepcional en lo doméstico y también, fuera de casa, el personaje debe lidiar con todo lo que compone su vida. Su necesidad de expresar su talento, proteger a los suyos de un mundo hostil y brillar en medio de tensiones. Al final, CODA: Los sonidos del silencio sorprende por su mirada caleidoscópica sobre la pasión, los sentimientos más complejos y el amor. En especial, el amor en una dinámica misteriosa y que la directora explora con pulso elegante.

Drive My Car de Ryûsuke Hamaguchi

Buena parte del film transcurre en medio de silencios. De hecho, el punto más profundo de la reflexión acerca del paso del tiempo y la conclusión sobre el bien y el mal, es un trayecto plácido en el que apenas hay palabras. El director logró adaptar la atmósfera contenida, levemente tensa y delicada de la narración de Haruki Murakami en que se basa, en un escenario cristalizado en lo contemplativo.

Con su guion que, apuesta a la comprensión sutil antes de las desgarradoras escenas emocionales, Drive My Car es un análisis certero de la naturaleza humana. Pero al contrario de otros grandes dramas que muestran diálogos poderosos o grandes batallas basadas en la interacción física, Ryûsuke Hamaguchi construye una obra certera basada en miradas. También, en pequeños gestos de afecto, rechazo e inquietud. Como si se tratara de un reflejo de la cultura japonesa y su distancia emocional, Drive My Car reconstruye la idea de los sentimientos elaborados a través de lo invisible. 

Y, de hecho, uno de sus grandes logros es el amplio registro emocional que logra expresar, en largas secuencias que parecen no llevar a ninguna parte.
O en todo caso, conducir a una conclusión concreta. En realidad, la película está más interesada en lo que permanece fuera de la pantalla. En lo que encierra la condición de la comunicación como un acto vívido y emocional. Entre ambas cosas, el recorrido de Ryûsuke Hamaguchi a través del dolor, el sufrimiento y el aislamiento es una reflexión sobre el individuo moderno. Pero no uno que se base en altercados, en el bullicio de las voces y el subrayado insistente de ideas. Como la gran sorpresa de este año fílmico, la película se aleja por completo de toda muestra exagerada de emoción y encuentra un espacio ideal, en que la belleza y un mutismo poderoso crean un lenguaje propio.

Por supuesto, como una adaptación de una obra de Haruki Murakami, Drive My Car tiene un componente de narración fragmentada. Hay varias situaciones ocurriendo a la vez a lo largo de las tres horas del film. Pero no se trata de historias que se cruzan o en todo caso, elaboran una más singular a partir de hilos interconectados. Esta es una historia en apariencia simple, de una conductora con una casi sobrenatural capacidad para escuchar. Pero lo que podría parecer un tópico japonés — un empleado discreto que basa su carácter en la lealtad — se transforma poco a poco en algo complejo. Se trata de una caja de resonancia sobre las emociones de los personajes, que a la vez se reflejan en situaciones en apariencia caótica. Un coche que avanza al ritmo de melodías tristes. Una obra de teatro que es un eco rudimentario del dolor y el sufrimiento de su director. Un trayecto de ida y vuelta que se transforma en un hilo de conexión con la belleza y lo intocado.

Dune de Denis Villeneuve

Una de las cosas más sorprendentes de la adaptación de esta obra fundacional de la ciencia ficción, es su capacidad para extenderse en todas direcciones como una oleada colosal de información. Si en Arrival (2016) y en Blade Runner 2049 (2017), la noción sobre lo extraordinario estaba en los grandes silencios y los pequeños detalles, en esta ocasión Villeneuve toma la acertada decisión de crear lo que tiene toda la ambición de ser una obra magna que englobe a la ciencia ficción como lenguaje.

Por supuesto, es una empresa osada e incompleta. Dune ha sido un éxito de taquilla, pero todavía no está del todo claro si habrá una segunda parte para completar la narración de la actual. Tampoco, si tal y como espera el director, la franquicia emule a la saga y se convierta en un estandar para comprender la amplitud de la historia que narra. Con todo, es evidente que Villeneuve tomó la decisión de seguir a pesar de la incertidumbre y contar lo mejor que pudo, una historia que trasciende el hecho de un fenómeno de masas o una abultada boletería. Eso en una época en que el dinero es el principal factor para la producción del cine y más allá, el motivo por el cual se sostiene la creación de cualquier propuesta.

Dune llega en el pináculo más alto del masivo género de superhéroes. De los remakes interminables, reboots y secuelas. Llega, además, con un lenguaje que no es sencillo para un público habituado a otro ritmo y a otro discurso en la ciencia ficción. Desde sus paisajes crepusculares y melancólicos, hasta la estética fría y lenta que desmenuza el bien y el mal en símbolos cambiantes, Dune es más experimental de lo que parece. Pero también, es una pequeña obra de arte sobre el tiempo, la lucha por ideales difusos y la búsqueda de la identidad.

Además, un film que retoma todos los lugares de un género que durante la última década se ha visto invadido y contaminado por tantos otros. Como la épica argumental y visual que es, conoce sus límites. Pero también, redimensiona el poder que la sostiene como un film disruptivo y doloroso en toda su rareza. Diez años atrás, Dune habría desconcertado. Quizás, a una década en el futuro provocará curiosidad. Ahora mismo, es un recorrido por un paisaje intermedio en que todos los símbolos de lo apoteósico de la ciencia ficción. Una epopeya que bien podría quedar inconclusa y conservar toda su grandeza.

West Side Story de Steven Spielberg 

El recorrido de un director mítico a parece alcanzar su punto más alto con la adaptación de West Side Story, el clásico musical de Robert Wise y Jerome Robbins que en 1961 causó furor y dio una bocanada de aire fresco al género. Pero más allá de eso, Spielberg completa una de las pocas casillas faltantes en su larga historia de amor con el cine. Y lo hace, desde una perspectiva que asombra por su inocencia. La historia de los amantes que deben enfrentar el odio que les rodea, en mitad de espléndidas coreografías y una banda sonora icónica, se reinventa para una nueva generación desde la emoción.

Spielberg ha sabido combinar una ambientación impecable, una puesta en escena de formidable belleza y una historia conmovedora, con un elenco que destaca por sus capacidades vocales y de baile. Además, comparte una química en pantalla que deslumbra. El resultado, es una cuidadosa mirada al legendario musical, pero llevado a un terreno novedoso por su visión mucho más enfocada en la identidad que la pertenencia.

La West Side Story de Steven Spielberg, no dirime la cuestión de a dónde pertenecemos, los vínculos que nos une a la familia y a los que amamos que tanto obsesionaban a la original. En realidad, dedica una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo visual, a relatar quienes son sus personajes y por qué actúan de la forma en que lo hacen. Si la versión del ’61 dialogaba como podía con temas espinosos como la raza, la nacionalidad y el prejuicio, Spielberg optó por un discurso mucho más interesado en profundizar en los mundos interiores de sus personales.

Ya no se trata solo de un cuerpo de hábiles bailarines y cantantes, que llenan con su talento las calles de una Nueva York idílica con pesares inocentes. Ahora, es una mirada directa sobre quienes son cada uno de los rostros que cuentan una historia renovada para una nueva audiencia pero que conserva lo esencial, tanto del mundo teatral que la vio nacer, como del fenómeno de masas en que se convirtió después. El musical de Spielberg es un recorrido brillante por el hecho de lo espiritual, el amor, el orgullo y la vida.

También, es una travesía apoteósica y por momentos, casi perfecta, a través de décadas de historia del cine. Spielberg cuenta la historia de los desventurados amantes, dolorosamente jóvenes y separados por una brecha infranqueable. Pero en realidad, está narrando la forma en que el cine, ha elaborado una respuesta metafórica sobre el pulso del amor, el odio y la muerte, a través de su capacidad para mostrar el mundo. Con sus cientos de referencias aparejadas en el guion, su respeto profundo por cada musical que permitió a Spielberg crear este mundo hilvanado en color y música, West Side Story es un prodigio de belleza. Uno que parece recordar por qué el hecho cinematográfico sobrevivió a la pandemia, quizás la crisis más dura en cincuenta años.

Y aunque la película, es casi un homenaje cuadro a cuadro a su icónica predecesora, tiene la suficiente personalidad para no ser un producto genérico o una copia afortunada de uno mayor. El foco narrativo ya no está concentrado (o al menos, no tanto), en lo que separa a María (Rachel Zegler) y Tony (Ansel Elgort), sino en todo lo que palpita en la ciudad que les acoge, en los parientes y amigos que le rodean, la cualidad poderosa y casi adolescente del amor que les une. Spielberg mira a sus personajes con una amabilidad sensible, sencilla pero también, con una intuitiva inteligencia. Si en la versión del ’61, las grandes coreografías callejeras eran parte de un corpus más amplio, de la vitalidad de una ciudad que oculta milagros y pesares, Spielberg tomó la inteligente decisión de convertir al musical en un recorrido por pequeños fragmentos de ternura.

El callejón de las almas perdidas de Guillermo Del Toro

Durante las últimas dos décadas, el director que le ha dado rostro y humanidad a criaturas inimaginables, ha intentado probar sus límites. Desde un demonio de piel roja con mal humor, hasta un monstruo marino capaz de amar, para el director la travesía de crear belleza desde las tinieblas ha sido larga, fructífera y a menudo experimental. También, una prueba para su curioso punto de vista sobre lo temible y lo monstruoso.

Incluso en sus versiones más emparentadas con el romanticismo gótico como La cumbre escarlata del 2016, la delicadeza y profundidad simbólica del mal permitió al director explorar lugares poco habituales del cine comercial, dotando su filmografía de un indudable aire autoral que sorprende por su elegancia. Del Toro, hijo contemporáneo de una larga tradición de realizadores obsesionados con las penumbras de la realidad y el misterioso como reflejo de lo cultural, logró crear durante dos décadas de incansable trabajo un sello propio. Más que eso, una óptica definida sobre cómo metaforizar lo escalofriante y sublimar su discurso a un nivel por completo nuevo.

En Nightmare Alley (2021) ocurre algo semejante, aunque esta vez los monstruos no tienen cuernos o garras, sino rostros humanos. De hecho, durante los diez primeros minutos de la película, el director lo deja claro. Stan Carlisle (Bradley Cooper) no pronuncia palabra en lo que parece un cuidadoso prólogo a la historia. De hecho, antes que lo haga, la cámara de Del Toro le ha seguido mientras arrastra con dificultad un cadáver. Las manos extendidas con firmeza, el rostro serio. El personaje de Cooper no parece preocupado, atemorizado ni mucho menos arrepentido mientras la cámara estudia con cuidado cada uno de sus movimientos.

En una decisión acertada, el director abandona su usual observación a la distancia de fenómenos paranormales y criaturas de pesadilla, para acercarse a sus personajes. En esta ocasión, el ojo de atención del guion se obsesiona con lo que mira. La textura de la ropa del cadáver, el cabello despeinado del hombre que le arrastra, el paisaje cristalizado en una leve sensación de espanto que les rodea. Del Toro está decidido a narrar lo que ocurre con Carlisle, profundizar en sus motivaciones incluso antes que diga una sola palabra. Y lo logra, en un despliegue de recursos y cuidadosa belleza que se enlaza con el refinado instinto del realizador por la elegancia lóbrega.

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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