Temporada de Premios: Pronósticos a mejor Director en el Oscar 2022.

Los mejores directores del 2022 decidieron profundizar en historias mínimas para narrar las versiones sobre el mundo y su circunstancia a partir de interpretaciones de sorprendente efectividad.

En un año en que las expectativas sobre lo mejor del mundo cinematográfico se encuentran bajo el peso de un inevitable debate cultural, las nominaciones al mejor director no sólo recorren espacios novedosos sobre la narrativa visual. También, sostienen y elaboran percepciones inusuales acerca del bien, el mal y el miedo contemporáneo. Los mejores directores del 2022 son, además, un grupo de realizadores, que decidieron profundizar en historias mínimas para narrar las versiones sobre el mundo y su circunstancia a partir de interpretaciones de sorprendente efectividad.

En Robot te dejamos nuestros pronósticos de los posibles ganadores al mejor director. Si quieres revisar nuestras críticas sobre las mejores películas del año, puedes hacerlo aquí y aquí. 

Kenneth Branagh, por Belfast

La obra autobiográfica del director inglés, es un despliegue brillante de buen hacer narrativo y un depurado apartado visual. El resultado es un tránsito a través de una mirada ingenua a través de un conflicto violento, que deslumbra por su delicadeza. En especial, por la forma en que reflexiona acerca del dolor del desarraigo, la exclusión, la soledad y el miedo, a través de lo simbólico. Branagh logra estructurar un discurso poderoso con elementos mínimos y además, crear un entorno profundamente sensible sobre tópicos complicados. 

Belfast termina con una dedicatoria “Para los que se quedaron. Para los que se fueron. Y por todos los que se perdieron”. Lo mismo que JoJo Rabbit (que utilizó un poema de Rilke para apuntalar la lección de dolor plasmada en pantalla), la película sostiene su visión sobre la percepción de Buddy, el alter ego del director, interpretado por el jovencísimo Jude Hill acerca de la realidad escindida. Por un lado, se encuentra lo que imagina, ese trasfondo onírico y emocionante que deslumbra por su sencilla y cristalina versión de la inocencia. Por el otro, el mundo que se desdobla en un país en crisis, a punto de derrumbarse en sacudidas dolorosas.

Hay mucho de un profano sentido del humor. El tono de sátira en ocasiones grotesca no es tanto una crítica como una provocación. Brannagh usa la perspectiva de Buddy para reflexionar sobre los símbolos y metáforas de la calle en pleno hervidero como si se tratara de una ópera bufa. Una forma sutil en la que el guion deja muy claro la vacuidad acto de violencia. De modo que no resulta sorprendente que la perspectiva de Buddy sea casi un ideal y que su noción sobre el presente y el futuro, un juego de símbolos: se trata de un formidable análisis sobre el origen mismo de todo modo de comprender la realidad, a través de los dolores, el tiempo y en especial, la sustancia de la historia como telón de fondo.

Pronóstico: con una temporada de premios deslucida a tibia, las probabilidades de obtener la estatuilla son escasas. 


Ryûsuke Hamaguchi, por Drive My Car

La singular obra de Hamaguchi, no sólo adapta una obra de Haruki Murakami, también logra reflejar todo lo relacionado con la contemplativa cultura japonesa. El resultado es una obra plácida, silenciosa y dura que explora espacios complicados sobre el amor y los vínculos emocionales, en una sociedad castradora y que tienden al misterio. 

El film debe su misteriosa visión de la soledad a la forma en que Hamaguchi ensambló las piezas de una historia en apariencia sencilla. De la misma manera que su versión literaria, el film comienza por un recorrido por la vida del director de teatro Yûsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) y su esposa, la guionista Oto (Reika Kirishima). Pero al contrario de una producción occidental, la narración comienza por la descripción de una gran obra a punto de llevarse a cabo.

Drive My Car se trata no sólo de un homenaje al cuento original. También, es una búsqueda incesante de las dimensiones del discurso utilizará para plantear su centro medular. ¿Qué podríamos hacer por amor? ¿De qué somos capaces para sostener la noción sobre la belleza y el tiempo como un arte primitivo? Después de todo, la película tiene un enorme interés en explorar lo artístico que se ramifica como una caja de Pandora: el argumento contiene los extremos emocionales de sus personajes. Sus dolores y sufrimientos quedan fuera de pantalla. Se ramifican en una narración invisible que se hace cada vez más singular y densa.

Pronóstico: A pesar de haber conquistado a la crítica especializada, es poco probable se repita el fenómeno de Parasite de Bong Joon — ho.


Paul Thomas Anderson, por Licorice Pizza

Licorice Pizza es una película que subvierte un año de películas lineales, fáciles de consumir y sencillas de asimilar. Anderson se esforzó por crear un film con un ritmo trepidante que se sostiene en diálogos brillantes y la sensación perenne de un presente perpetuo. Ambientada en los años sesenta, la mayor parte de Licorice Pizza ocurre entre discusiones en voz alta, caminatas, conversaciones telefónicas. Todo es urgente, puntual, necesario, físico, dinámico. El film se nutre de la necesidad de convertir la nostalgia en preguntas no respondidas y estratos complicados para asimilar la identidad.

Por si eso no fuera suficiente, Anderson tiene un elenco que logra crear la tensión necesaria para un argumento complejo. Alana Kane y Cooper Hoffman brindan un retrato poderoso de lo juvenil, pero tan lejos del estereotipo que resulta incómodo. Ni ella ni él, son los habituales rostros que simbolizan el tránsito en edades complicadas o retratan algo más que la posibilidad de ser jóvenes. Además, son una pareja atípica que sostiene el núcleo de la película — ¿quiénes somos y por qué lo somos? — con una tortuosa tensión que no llega a resolverse del todo.

Anderson decidió mostrar a Hollywood y lo que parece una parte confusa de su vida. Y lo logra, en una película que se burla del afán de la meca del cine por sublimar su propia oscuridad. Licorice Pizza demuestra que el cine complejo y difícil de digerir sigue siendo relevante, incluso en una época en que la industria intenta hacerse más sencilla y accesible.

Pronóstico: La película es una maravillosa pieza cinematográfica de aire artesanal y tradicional. No obstante, ha recibido diversas críticas por considerarse homofóbica y misógina, lo que la pone en un lugar incómodo entre los votantes. 


Jane Campion, por El poder del perro

En una de las escenas de El poder del Perro de Jane Campion, Phil (Benedict Cumberbatch) permanece más de sesenta segundos en silencio. A su espalda, se extiende el paisaje desolado de una Nueva Zelanda ultraterrena, tan inquietante y hostil que resulta irreconocible. La expresión personaje es de una dureza aterradora, pero al fondo de su mirada hay un punto de vulnerabilidad que sostiene la secuencia con un pulso firme.

Campion mueve la cámara con cuidado, un ligero vaivén casi invisible que brinda a ese momento en apariencia interminable, de vitalidad interna. Cuando finalmente Phil vuelve la cabeza, Campion se concentra en sus ojos, enfurecidos, brillantes por las lágrimas contenidas. La película podría resumirse en esa única imagen. En esa contenida percepción del dolor y la fragilidad de la naturaleza humana que la directora capta con tanto realismo.

El regreso de Jane Campion al centro de interés del cine internacional, trajo consigo un fenómeno curioso. En un año en que el cine espectáculo utilizó sus mejores armas para empujar la recuperación del cine en salas, Campion tomó el riesgo de llevar a festivales y finalmente a los teatros, una película silenciosa, tensa y brillante que sorprendió por su solidez. Convertida de inmediato en la favorita de festivales y críticos, El poder del perro es un acercamiento riguroso a la naturaleza humana, a los secretos retorcidos y a la exclusión. Todo a través de grandes paisajes silenciosos, primeros planos que muestran a los personajes desde una intimidad solitaria y diálogos mínimos. Campion, veterana en dramas de alto calibre que terminan en tragedias retorcidas, encuentra en El poder del perro, un fenómeno nuevo. El del desarraigo convertido en una forma de crisis individual que de manera inexorable, conduce al horror.

Basada en el libro homónimo de Thomas Savage publicado en 1967, Campion toma para su film lo mejor de la novela y lo modula para transgredir varias ideas puntuales acerca de la masculinidad. Cambia la dinámica del poder y juega con la transgresión del estereotipo habitual sobre lo moral. El Phil de Cumberbatch es una figura atormentada, violenta y por momentos cruel, que además oculta un pasado doloroso. Ambas ideas convergen en la actuación del actor, que logra crear una cuidadosa máscara granítica, bajo la cual palpita la emoción. Pero para Campion no es suficiente. También busca crear un escenario que emule los agrestes espacios interiores de sus personajes. Lo hace además, en el escenario del western, género del que toma buena parte de los códigos y los mezcla con el horror subyacente. El resultado es un estudio formal sobre la angustia y el miedo masculino, más allá de los cánones habituales del cine y la literatura.

El poder del perro no es una película sencilla de comprender. Campion tampoco quiere que lo sea. En realidad, cuanto más críptico es el argumento, mayor poder adquiere este singular cuento de horror en clave de lucha interna y levemente fratricida. Con su aire independiente, subversivo e incluso, inclasificable, la película de la directora demuestra que en el 2021, el cine tiene sus propias pautas y lugares para expresar la inquietud interna que le rodea.

Pronóstico: Con una brillante temporada de premios y habiendo obtenido todos los galardones correspondientes a mejor directora, lo más probable es que Jane Campion sea la gran ganadora de la noche. 


Steven Spielberg, por West Side Story

El recorrido de Steven Spielberg a través del cine parece alcanzar su punto más alto con la adaptación de West Side Story, el mítico musical de Robert Wise y Jerome Robbins que en 1961 causó furor y dio una bocanada de aire fresco al género. Pero más allá de eso, Spielberg completa una de las pocas casillas faltantes en su larga historia de amor con el cine. Y lo hace, desde una perspectiva que asombra por su inocencia. La historia de los amantes que deben enfrentar el odio que les rodea, en mitad de espléndidas coreografías y una banda sonora icónica, se reinventa para una nueva generación desde la emoción.

Spielberg ha sabido combinar una ambientación impecable, una puesta en escena de formidable belleza y una historia conmovedora, con un elenco que destaca por sus capacidades vocales y de baile. Además, comparte una química en pantalla que deslumbra. El resultado, es una cuidadosa mirada al legendario musical, pero llevado a un terreno novedoso por su visión mucho más enfocada en la identidad que la pertenencia.

La West Side Story de Steven Spielberg, no dirime la cuestión de a dónde pertenecemos, los vínculos que nos une a la familia y a los que amamos que tanto obsesionaban a la original. En realidad, dedica una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo visual, a relatar quienes son sus personajes y por qué actúan de la forma en que lo hacen. Si la versión del ’61 dialogaba como podía con temas espinosos como la raza, la nacionalidad y el prejuicio, Spielberg optó por un discurso mucho más interesado en profundizar en los mundos interiores de sus personales.

Ya no se trata solo de un cuerpo de hábiles bailarines y cantantes, que llenan con su talento las calles de una Nueva York idílica con pesares inocentes. Ahora, es una mirada directa sobre quienes son cada uno de los rostros que cuentan una historia renovada para una nueva audiencia pero que conserva lo esencial, tanto del mundo teatral que la vio nacer, como del fenómeno de masas en que se convirtió después. El musical de Spielberg es un recorrido brillante por el hecho de lo espiritual, el amor, el orgullo y la vida.

También, es una travesía apoteósica y por momentos, casi perfecta, a través de décadas de historia del cine. Spielberg cuenta la historia de los desventurados amantes, dolorosamente jóvenes y separados por una brecha infranqueable. Pero en realidad, está narrando la forma en que el cine, ha elaborado una respuesta metafórica sobre el pulso del amor, el odio y la muerte, a través de su capacidad para mostrar el mundo. Con sus cientos de referencias aparejadas en el guion, su respeto profundo por cada musical que permitió a Spielberg crear este mundo hilvanado en color y música, West Side Story es un prodigio de belleza. Uno que parece recordar por qué el hecho cinematográfico sobrevivió a la pandemia, quizás la crisis más dura en cincuenta años.

Pronóstico: a pesar de sus estupendas virtudes como producto cinematográfico, esta obra monumental y levemente atemporal ha pasado desapercibida en la temporada de premios.

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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