Un regreso a ninguna parte: por qué falla The Matrix Resurrections

The Matrix Resurrections de Lana Wachowsky es una visión audaz sobre el conocido universo de la trilogía original, pero un tributo incompleto a una mitología mayor y más robusta.

The Matrix Resurrections de Lana Wachowsky es una combinación poco clara de influencias. Por un lado, es una visión audaz sobre el conocido universo de la trilogía original. Por el otro, una singular y poco sustancial mezcla de escenas extraordinarias de acción, sin el simbolismo filosófico que hizo famosa a las películas que le precedieron. Al final, la película no es otra cosa que un tributo incompleto, plano e ineficaz a una mitología mayor y más robusta. Quizás, su mayor problema real. 

En una de las escenas de The Matrix Resurrections, Thomas Anderson (Keanu Reeves), debate con un grupo de “creativos” sobre sus juegos de video. Todos se basan en sus “sueños y pesadillas”, aunque claro está, no son otra cosa que fragmentos de la trilogía original. El guion utiliza el edulcorado recurso para plantear algo obvio: hay una continuidad interna, evidente e inevitable entre todas las películas de la saga. Pero la vuelta de tuerca no beneficia a la película y mucho menos, al personaje. 

La secuencia entera (tensa, silenciosa e incómoda), plantea que estos recuerdos, son puertas abiertas hacia diferentes direcciones. También, una especial visión sobre el hecho que este Thomas Anderson, perdió su cualidad mesiánica, anómala y poderosa. En realidad, el personaje es el mismo pero habitamos en otro lugar. Estamos en un espacio en el que debe enfrentar sus miedos a la vez, construir una perfecta conexión entre el pasado, el presente y el futuro de lo que sea espere a la historia. 

También, desde sus primeros minutos, The Matrix Resurrections de Lana Wachowski deja claro que el tiempo ha transcurrido. No sólo en la historia que está a punto de contar, sino en la vigencia de su simbolismo. La película retoma el brillo radiante y engañosamente inocente de las últimas imágenes de Matrix: Revolutions y las utiliza para plantear algo claro. Resurrections es una continuación — formal y en espíritu — de lo planteado por la película. A pesar de sus intentos para funcionar como una premisa independiente, el film depende en exceso de la saga como para serlo. 

La producción tiene una peculiar necesidad de reconstruir su mitología desde los cimientos. Hacerlo, con cierta concepción sobre su grandeza que resulta exagerada en ocasiones. La directora y guionista, está muy consciente de la envergadura de su franquicia. También, del hecho que The Matrix Resurrections tiene el deber de justificar su existencia. ¿Por qué revisitar el mundo de The Matrix cuando ya todo estaba dicho?; después del sacrificio de Neo y Trinity, del regreso al mundo, ¿hay algo que añadir?

La película fuerza la premisa para que la respuesta sea afirmativa. De hecho, hay algo dolorosamente blando en este Thomas Anderson un diseñador solitario de juegos de videos. En una California tintada de tonos vivaces y en escenarios casi oníricos por su simetría, el silencio a su alrededor parece tener significado. ¿Qué ocurre con Anderson, desarraigado, excluído, solitario? El argumento no lo dice, pero si es evidente que el frágil secreto que lo rodea, lo es todo. Desde los largos silencios, las consultas psiquiátricas, las píldoras azules. La mente del personaje es un crisol de información a punto de estallar. 

Para el guion, Anderson es un puente entre el pasado y el futuro. Pero no uno con toda la firmeza que debería tener para sostener su vínculo con un contexto gigantesco. Por supuesto, el personaje cumple el inevitable ciclo del narrador que tiene el compromiso de unir todos los hilos a su alrededor. De la misma manera que en la primera película de The Matrix, el personaje de Keanu Reeves, comienza a sospechar de dualidad de la realidad. Pero también a hilvanar, quizás en uno de los pocos puntos ingeniosos de la trama, como entender lo que ocurre a su alrededor. 

Cuando todo vuelve al punto de partida

The Matrix Resurrections ocurre después de Revolutions y de hecho, el guion se toma particulares molestias para dejar claro que han transcurrido sesenta años. Thomas Anderson (y es importante la identidad en cierto momento de la película) tiene pesadillas y sueños recurrentes, con la sensación insistente que “algo va mal en su mente”. Por supuesto, todo lo que lleva a cabo esta versión cansada y cínica del icónico personaje, está enfocado al recuerdo. Todos sus juegos son, obviamente directas referencias a la trama de las primeras películas. El guion utiliza el recurso para narrar pero lo desperdicia, al contextualizar el exceso. 

De hecho, hay cierto aire melancólico en los pequeños fragmentos de información desperdigados en la primera media hora de película. Una que emparenta con la sensación no puede funcionar sin una lluvia de referencias constantes. La sensación es evidente: lograr entablar un diálogo entre The Matrix cinematográfica y algo más amplio. El universo de The Matrix está presente en la idea de su inevitabilidad y Lana Wachowski hace hincapié en eso, como si cada pieza de su historia fuera un homenaje. Y aunque el co guionista David Mitchell aseguró no era una secuela, en realidad lo es. 

La película plantea el hecho de incluir dentro de su trama cada vez más densa y repetitiva, la trilogía original. El guiño a los grandes momentos es inevitable, pero también, el hecho que el argumento dispuesta incorpora cada elemento que hacen reconocible la saga. Quizás, el punto más débil de The Matrix Resurrections sea el hecho que hay algo levemente superfluo en su empeño por repasar lo ya narrado. 

Su mirada hacia la mitología de la saga no es enriquecedora ni tampoco innovadora. Se trata de un repaso que el guion lleva a cabo con exceso de pretensiones. Como si tratara de empeño impaciente por llegar al centro de la historia, el guion de Wachowski avanza con torpeza. Pero aún más preocupante, con una percepción sobre su envergadura casi desmesurada. 

Un agujero de conejo en la mitad de una engañoso juego de espejos 

Por supuesto, la saga Matrix siempre fue la medida de sus ambiciones y sin duda, la capacidad para usar las expectativas a su favor. En The Matrix Resurrections lo hace y ademá, espesa la atmósfera con la recurrente sensación que “algo” está a punto de ocurrir. Lo que se lamenta, es que cualquier fanático de The Matrix sabe que pasará y no hay mayor cambio en la fórmula. Cuando Anderson comienza a sufrir flashbacks y en especial, expresa en voz alta su incomodidad con lo que lo rodea, la película avanza con más rapidez. 

Y lo hace directamente hacia el mundo misterioso que rodea a Anderson sin tocarlo. Obsesionado con Tiffany (Carrie — Anne Moss), la sensación que la realidad le engaña se hace sofocante. Mucho más, luego de sus horas de terapia y tomar las píldoras que intentan ¿contenerlo?. El guion se toma un verdadero esfuerzo en crear el misterio y de hecho, lo logra. En sus mejores momentos, The Matrix Resurrections utiliza las insinuaciones a su favor. En especial, cuando Anderson llega a la encrucijada inevitable: ¿Es real lo que ocurre?

Quizás sea la aparición de Morfeo (Yahya Abdul-Mateen II) el punto de ruptura más evidente con el tono de la película. Anderson recibe la pastilla roja que le libera y vuelve a ser Neo, en una escena de pesadilla sofisticada que no convence demasiado. Solo que esa percepción sobre el bucle temporal, pierde sentido y firmeza al caer en lo predecible. 

De manera sorprendente, el film abandona la poderosa sensación de misterio, por una revisión más que obvia a The Matrix ’99. Lo hace además, sin dejar dudas que el recorrido ahora lleva una cierta contradicción a la línea central y un cambio de la base de su argumento. Pero también, es una capa sobre capa sobre ya conocido y visto.

Para su escena final, ya es más que obvio que Lana Wachowski tiene especial interés en que su universo siga siendo robusto y atractivo. Y para después de los créditos — sí, hay algo que decir en una secuencia misteriosa — el mensaje es directo. Matrix puede ser incluso su propia contradicción. 

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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