¿Por qué vale la pena ver la cuarta temporada de Westworld?

Westworld acaba de dar un giro mayor de argumento. Uno tan total, definitivo y brusco que cambia la serie desde su origen. Incluso, interpela su aclamada primera temporada.

La serie dejó claro que la aparente cualidad repetitiva de sus capítulos anteriores fue un truco. Una trampa mayor que jugó con todo el sentido del tiempo, la realidad y la narración de la serie. Y en lo particular, sacude cada punto de interés en una construcción argumental que depende de la sorpresa. 

En el episodio cuatro de su cuarta temporada, Westworld cerró el ciclo que comenzó con el test de Turing de Dolores Abernathy en la primera temporada. Y no sólo de manera simbólica, sino también, como narración global. La serie, que fue criticada por una segunda temporada deslucida y una tercera olvidable, acaba de dar un salto total en su mitología interna. Uno que sacudió las bases de su historia, sostiene lo que sin duda será un arco mayor y lo que es aún más desconcertante. Creó una nueva versión sobre la paranoia colectiva, el horror y el poder en una historia que ya no parecía tener sorpresas que revelar.

Pero tal parece, que el principal atributo de Westworld, como producción, es subvertir toda expectativa. Hacerlo, a un nivel elocuente, elegante y puntual que acaba de convertir a su cuarto episodio, quizás en el mejor de la producción completa. El show utilizó de nuevo su truco de las líneas temporales disruptivas, pero en esta ocasión, la trampa fue sigilosa. Tanto, como para construir todo un relato al sustrato que reveló de forma casual. Eso, a pesar que buena parte de las pistas, señales e indicaciones, estaban a simple vista desde el primer episodio. Pero la serie de Jonathan Nolan y Lisa Joy, recurrió a un tropo tradicional de la ciencia ficción, usado de forma impecable. Construyó la distopía desde la posibilidad inevitable.

Desde el primer capítulo de temporada, Westworld usó señuelos para distraer la atención de los puntos realmente importantes. Pero a la vez, el guion tuvo la habilidad suficiente para reconstruir y sostener un discurso poderoso sobre un narrador poco fiable. Ya en las primeras secuencias de sus nuevos capítulos, la guerra de los robots contra los humanos era. O parecía inminente. Para el cuarto, la respuesta fue osada, contundente y bien construida. Westworld demostró de nuevo que sus líneas narrativas se enlazan hacia algo mayor. Más elaborado, complejo, cruel y duro, de lo que podría suponerse. Pero en específico, de una pulcritud elegante que resultó inesperada por su inspirada y cuidadosa construcción.

Un mundo de espejos: Westworld, la amenaza cumplida

La serie, que parecía haber utilizado trucos repetitivos e innecesarios para sostener su narrativa, deja claro el motivo para hacerlo en su nuevo episodio. Se trató de una trampa narrativa bien ejecutada que creó el gran desenlace del cuarto capítulo con una precisión brillante. Westworld elaboró un recorrido a través de un laberinto cuidadoso, pero esta vez a plena vista. Desde la explicación detallada de la influencia de los parásitos en forma de mosca, hasta la influencia de Charlotte Hale en el futuro. La serie narró lo que había ocurrido al borde de una batalla clandestina, pero evitó dejar un elemento en claro. ¿Qué contaba en realidad? ¿Qué era lo que el Caleb de Aaron Paul recordaba? ¿Contra luchaba la Maeve de Thandie Newton? ¿Cual era el propósito de un William convertido en una pieza sombría de un juego enajenado? 

El cuarto capítulo dejó claro todas las interrogantes. Pero también hizo algo más. Si antes Westworld jugó con el tiempo, en esta ocasión, lo hizo con la sustancia de la realidad. El despertar del Bernard de Jeffrey Wright marcó una nueva frontera. Y en el cuarto capítulo, esa línea se hizo notoria y terminó por mostrar el centro de la premisa de la temporada. O mejor dicho: unir con cuidado las piezas para sostener una historia por completo nueva. El guion logró desestructurar la noción de la realidad, para elaborar algo más sustancioso y consistente. Hacerlo, a través de Bernard como testigo elocuente de un hecho colosal. La serie, por curioso que parezca, no dejó de mostrar desde su primer episodio de temporada sus intenciones. Y esta vez, logró engañar a la audiencia con una brillante mezcla de metanarrativa y en particular, buen pulso creativo.

¿Qué mostró Westworld desde su estreno? La gran pregunta se responde con una sencilla mirada, ahora sí, a las piezas que se sostienen entre sí. Mostró el pasado, mostró la repetición incesante que ya la conclusión llegó. Dejó claras las consecuencias de una guerra violenta que se ejecutó con la precisión de un mecanismo de relojería. Si para el final de la temporada tres, Dolores liberó a los humanos de las máquinas, en la cuarta, Charlotte Hale ejecutó el plan central. Lo hizo, en silencio, con un argumento tramposo que solo demostró el alcance de su poder y dominio total recién en su cuarto episodio. De la misma que otras grandes historias de ciencia ficción, Westworld sacudió el sentido mismo de lo veraz. Lo elaboró a conciencia para un sentido por completo desconocido y por último, contó su historia. Una tan cruel y siniestra que deja entrever que lo que sea que espere al argumento, será historia televisiva. 

Al final, todos los terrores se unen en un descubrimiento 

Para su cuarta temporada, la serie toca los límites de la noción sobre lo verídico. La Dolores/Christina de Evan Rachel Wood es la representación de una ruptura que ahora tiene sentido total. Westworld avanzó hacia adelante, en una historia acelerada y desconocida que se plantea como una certeza. ¿Cuantas capas de realidad muestra la serie? ¿Cuántos sentidos de lo posible enlaza la serie en medio de una narración tramposa? 

La reconstrucción de la atmósfera claustrofóbica de la primera temporada, volvió en la forma de una especie de homenaje involuntario. Para su primer episodio, la serie dejó deslizar la premisa de una ruptura temporal. También, de una batalla a ciegas, entre seres humanos y robots. En el segundo, exploró las posibilidades de la guerra secreta, que se libraba al margen de la conciencia total.

Pero fue el tercero, extrañamente ralentizado, el que pareció romper una trama sugerente por otra, reconocible y tediosa. El argumento no sólo dejó claro que la idea del dominio total debía atravesar la concepción de un parque. Una nueva versión del original, que a simple vista, pareció reiterativo y burdo. En especial, tan carente de elocuencia como para trastocar la narrativa del programa. Sin embargo, el cuarto brindó a la historia un sentido de la coherencia de asombrosa eficacia. Un poder para mostrar y reconstruir su propio mundo que demostró que todavía Westworld tiene mucho que mostrar. 

¿Cuánto tiempo ha pasado en realidad desde que Dolores se inmoló? ¿Cuánto tiempo transcurrió para que la guerra entre robots y seres humanos llegará a un término? La serie se guardó las respuestas tanto como pudo. Pero ahora que las ofreció, el salto longitudinal hacia adelante es apreciable, es pulcro y es por completo estimulante. Con su cuarto capítulo, Westworld acaba de demostrar que su capacidad para engañar sigue intacta. Y que esa sigue siendo, su principal ventaja. 

Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti es abogada, fotógrafa y escritora, ha dedicado buena parte de su trabajo profesional en ambas disciplinas a la profundizar en la iconografía femenina, con especial énfasis en la mujer que crea y la divinidad femenina. Actualmente se desempeña como profesora de Autorretrato, fotografía en Film e historia de la fotografía en Venezuela en la Escuela Foto Arte, fotógrafa independiente y editora en la revista dedicada a la temática del horror Penumbria de México.

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